viernes, 23 de febrero de 2007


"Esto es un fragmento de lo que se esperaba fuese algo parecido a una novela, es de principios de los noventa, noventa y tantos tal vez, hace ya casi una eternidad, le he quitado el polvo que ha acumulado durante todo este tiempo, y voy a guardarlo en esta caja de recuerdos....."

En unos de mis paseos sin rumbo, paseos que hago de vez en cuando, me dedico a observar a la gente y conozco a personas. Era un día cualquiera, digamos que ayer, tal vez un martes y puede incluso que fuera trece. Anduve hacia ninguna parte en busca de pensamientos perdidos, con la cabeza trastornada repleta de planes inútiles para salvar un mundo que tiende al desastre y la vaga esperanza de la gente que sigue teniendo fe en el ser humano. Mi pies cansados habían escogido un parque cualquiera para descansar hartos de vivir en sociedad y patear calles sucias tragándome el humo de los automóviles atascados en el tráfico. Quizás fue mi mente la que escogió sin consultarme esas escenas típicas de cisnes y patos en los parques de las grandes ciudades, animales flotando tranquilos, ignorantes a lo que les rodea. Me dieron ganas de ser uno de ellos, dejar de pertenecer al "animal social" que propugnaba Aristóteles.
Cualquiera de ellos hubiera valido. Me hubiera conformado con uno blanco de lo más común, no hacía falta que se tratase de un sofisticado pato salvaje de colores pardos y negruzcos, ni de esos más pequeños con el pico colorado, ni un esbelto cisne ni nada por el estilo, ni siquiera era necesario ser del todo blanco, incluso me hubiera conformado con ser un patito feo de lo más corriente y de lo más feo. Viviría tranquilo en el estanque, flotando, nadando, rodeado de personas que me alimentarían con trozos de pan, ajenos a lo que pasa fuera de mi mundo de patos, el estanque y los trozos de pan. Si hubiera sido un pato, aquella mañana, no me hubiera tomado el desayuno con las noticias asesinas de un nuevo grupo terrorista o del de siempre, tampoco habría oído hablar de nada de ninguna guerra en ninguna parte, ni de un linchamiento de no se quien en algún lugar de oriente medio, no tendría opinión alguna sobre el político que miente o roba, tampoco del que hace las dos cosas. Una niña desaparecida, otra prostituta muerta, una mujer arrojada por un balcón a manos de un esposo que se quita la vida tras acabar con varias vidas. Un asalto con violencia en una joyería, un accidente de tráfico… Cotidianas tristezas. Nadaría feliz en mi charca, como mucho me molestaría en buscar una compañera para acurrucarme bajo sus plumas y pasar el invierno, saliendo tan solo para comer cerca de las doce del medio día que es cuando está la charca más calentita, después volvería a acurrucarme entre las esponjosas plumas de mi palmípeda compañera, esperaría a que llegara el verano y me pasaría todo el día nadando en el agua fresca del estanque.
Me senté, contemplando a los afortunados animales, en un banco de madera que parecía tener doscientos años. A decir verdad, no era nada frecuente que yo acudiera a parques; no tengo hijos, sobrinos ni nada que se le parezca, y creo que es mejor así, ya está el mundo lo bastante jodido. Soy periodista, sin futuro, me dejan que escriba en alguna que otra columna en periódicos locales un par de veces por semana, se paga bien, también consigo publicar algún artículo en una revista de tirada mensual (si quieren que diga su nombre tendrán que pagar el correspondiente “rollalty.”) Aún espero una oportunidad de triunfar. Soy básicamente pobre, divorciado dos veces, y un romántico, por eso me casé por segunda vez, el triunfo de la esperanza sobre la razón.
Creo que vivir en una gran ciudad me ha hecho olvidar pequeñas cosas, mis paseos solían terminar tomando algún café en algún bar y fumando un pitillo mientras leía los titulares de la prensa del día, pero aquella mañana de aquel día cualquiera mis pies me condujeron a un ridículo banco en un parque. Desgastados, como casi todo en aquel lugar, salvo patos y flores, el entorno era antiguo, hasta las personas que encontré aquel día parecían desgastadas por los años. Otros días, “si hace bueno”, estará lleno de madres y niñeras con niños correteando por todas partes, pero es hora de estar en el colegio. Esta debía ser la mejor hora, está tranquilo y se puede pensar. Apenas hay gente. Era el mejor lugar para una reunión geriátrica. Acuden los jubilados de la zona, toman el sol si hace bueno, el movimiento más espectacular consiste en las apasionantes partidas de petanca rodeadas de toses, humo tabaco negro, cigarros puros y los gritos acerca de quien ha quedado más cerca de la bolita, a decir verdad, siempre he pensado que eran los más felices de la tierra después de los patos, los perritos falderos y los gatos caseros que solo pisan suelo de terrazo.
Estaba absorto en mis pensamientos en busca de una historia que poder contar, apurando mi primer cigarrillo de la mañana, cuando una de las caras más tristes que recuerdo haber visto se sentó en el otro extremo del banco, un suspiro llamó mi atención ya que no había percibido su presencia hasta ese momento. Abrazaba contra su pecho un bolso negro de aspecto casi tan triste como ella. Su mirada se perdía entre los patos del estanque y sus pensamientos. Eran los ojos más tristes de toda la ciudad. Sus arrugas parecían esculpidas con meticulosidad donde ni la más tenue se había escapado al ojo del artista. Casi inmóvil. Vieja.
Por mi estúpida costumbre de prejuzgar a la gente me dio la impresión que moriría en cualquier momento, que estaba a punto de darle un infarto y caería a mis pies. No creo que supiera que hacer en ese caso. Me limite a contemplarla. Ella no me miraba, pero algo me decía que sabía que había alguien observando. Su cara no mostraba más de setenta años, tal vez alguno menos, nunca he sido demasiado bueno para las edades, pero su mirada oscura y triste dejaba ver que era la mujer más vieja del mundo.
Mi necesidad incesante de buscar ideas para mis escritos estudié a mi compañera de banco con el fin de adivinar aquello que presuntamente pasaba por su cabeza, de donde venía, donde tenía pensado ir. Era una juego que hacía de vez en cuando(aún lo hago) para no adormecer la imaginación de un escritor que no escribe. Me fijo en detalles: anillo de casada, ropa negra, viuda(su marido murió hace poco, tal vez de un infarto) bolsas bajo los ojos(ha llorado esta noche, no ha podido dormir, le duele la cabeza). Marca de gafas sobre la nariz(no está mirando los patos, lleva gafas y sin ellas no ve apenas nada) Zapatos nuevos recién comprados, bolso viejo. (Alguien que espera morir no se compra unos zapatos nuevos ¿O tal vez si? Su último capricho) Puede que esos juegos tontos empujen de una vez a las malditas musas, obligándolas a salir de su escondite, puede que esta noche encienda la lámpara de mi escritorio y logre a plasmar un par de líneas con más o menos sentido.
Su rostro arrugado reflejaba una belleza perdida por la edad, tenía el gesto amable, y brillo de sus ojos indicaba que su corazón seguía latiendo joven. Sus pensamientos giraban en su cabeza chocando contra sus recuerdos con claridad y devolviendo el dolor a su rostro. Intenté imaginar su vida, su desgracia. Por unos instantes sentí lástima de ella. El humo del cigarrillo que acababa de pagar se disipó en el aire para centrarme en la voz que bullía en su interior. Puede que en cualquier otro momento de mi vida no me hubiera fijado en aquella anciana sentada en aquel banco, tal vez si no hubiera pasado esa nube que me aconsejó andar hasta el parque solo habría visto a una vieja sentada, puede incluso que me hubiera alejado de ella intentando ser lo más cortés posible sin dejar de pensar que estaba loca o algo por el estilo, pero no fue así. Me quedé allí. Observando. Sabía que no era como las demás, tenía algo que me decía que había en ella un matiz distinto al resto del mundo, pero su mirada derrochaba inmóvil tristeza, su rostro cansado de sufrimientos pasados. La nube de antes pasó de nuevo rozando el cielo y algo me recordó a mi propia abuela. Hoy era veintiséis de septiembre, hacía ya diecinueve años que no estaba en este mundo. Sus ojos también se antojaban tristes y brillantes, eran verdes, muy verdes y desprendían un brillo especial cuando me miraba. Todos mis recuerdos de ella son dulces, como las palomitas de maíz con azúcar que preparaba y comíamos viendo la tele todos los domingos. Recuerdo que pasaba horas conmigo haciendo y deshaciendo el mismo puzzle infantil una y otra vez. Recuerdo la familia de leones que salía en el dibujo, pero no sus formas, sabía que eran leones, pero alguien había borrado el dibujo transformándolo en una mancha marrón en mi mente.

Uno de los patos del estanque graznó desagradable, cruzó el estanque agitando sus alas en un vago intento de volar sin que lograrlo más unos centímetros del suelo para volver a caer pesado y triste.
– Quiere escapar – dijo la anciana con tono desconsolado: Me dio la impresión que estaba afectada por la frustración del estúpido pato y me resultó ridículo. – ¡Pobre animal! Siente deseos de ser libre, nota la llamada de su corazón, pero el infeliz no sabe que le cortaron las plumas de alas cuando era tan solo un polluelo, no volará por mucho que lo intente, ha olvidado hacerlo.
– Nunca hacía caído en la cuenta que ninguno de ellos volaba, a decir verdad siempre he pensado que había unos que volaban y otros simplemente no, no sabía que les cortaran las alas.
– Tienen unas plumas especiales que les permiten volar largas distancias, sin ellas solo pueden dar saltos aleteando, como mucho ir de chacha en charca.
– Supongo que les vuelven a crecer las plumas.
– Sí, claro, les vuelven a crecen, pero sus alas han olvidado eso de volar. – Me miró a los ojos y su expresión era tan triste como me pareció que tenía los ojos vacíos de esperanza, pero llenos de vida. Sus ojos eran distintos al resto de los mortales, las pupilas parecían arder con fuegos artificiales pero su gesto petrificado no dejaba aflorar sentimiento alguno, pero algo cambió en su semblante, como si estuviese contando un cuento para dormir a un niño y ladeando ligeramente la cabeza sonrió tímida.– Antes de ser adultos les cortan las plumas especiales, no dejan que den el primer vuelo, así evitan que escapen volando, dar bandazos aleteando sin rumbo y apenas control, de un lado a otro, hacen ruido, dan grandes saltos y poco más, y como son incapaces de aventurarse andando a ninguna parte, se limitan a su charca, a su estanque y a su diminuto mundo. Les crecen de nuevo, pero no saben siquiera que son capaces de volar, es como si nunca aprendiesen a hacerlo. No saben que su sitio está en el cielo y no aquí en un estanque, por eso aletean de vez en cuando y saltan, es el instinto que les pide que luchen por sus vidas, pero no saben volar, lo han olvidado. No han conocido la libertad, siempre presos, no saben cual es la sensación del aire en su cuerpo y no pueden desear algo que no saben que existe ¿Que crees? ¿Puedes desear algo que no conoces?
– Supongo que sí, no lo sé. Si le abres la jaula a un canario saldrá volando, aunque no sobreviva en libertad. Puede que en estos casos sera mejor que se queden en el estanque, alimentados y cuidados.
– Pues yo creo que los canarios escapan de la jaula por que anhelan vivir en libertad, al igual que algunos patos, prefieren quedarse en el estanque por que sus alas son demasiado viejas y están demasiado cansadas de aleteos inútiles, solo esperan tranquilos. Perdona chico, los viejos estamos medio locos, solo soy una vieja tonta que habla por hablar y no sabe muy bien lo que dice, no me hagas mucho caso.
Su rostro tornó gris, sombrío, la tristeza la petrificó fija en algún recuerdo que encontró por casualidad, como si una palabra hubiera hecho saltar algún resorte en su cabeza o reabierto alguna antigua herida.
Mi estúpida imaginación me hizo pensar que era una loca que le gustaban los patos, y que por alguna razón sentía lástima por ellos. Permanecimos sentados en silencio, observando a los patos Miré a aquellos animales de otra forma. Intercambiamos un par de sonrisas de cortesía correspondidas con complicidad, de lejos se escuchaba como por el hilo musical los susurros lejanos de ancianos que discutían sobre el resultado de su partida de petaca.

– Me casé con tan solo diecisiete años.- dijo interrumpiendo mis pensamientos.- Lo recuerdo como con día más emocionante y feliz de mi vida. La mañana despertó mucho más hermosa que se costumbre. Era primavera concentrada de luz y color para ese día. La primavera más bella que he visto nunca. El Sol calentaba, pero no demasiado, lo suficiente para reconfortar todo lo que tocaba sin producir calor. Era el día perfecto. Una pequeña brisa recorría todo el pueblo y se podía respirar el aroma de flores recién nacidas por todos rincones. Era como si toda la naturaleza se preparase para el acontecimiento. Fue un 17 de Abril. Tonta de mí, imaginé con toda la ilusión del mundo que tendría mucha suerte al coincidir el día de mi boda con mi edad, pero no fue así. Al principio sí, creí serlo, bueno, no solo lo creía, era feliz, pero terminó tan deprisa como llegó. La felicidad nunca dura mucho tiempo, pasa tan rápido que en ocasiones no te das ni cuenta. Era una niña cuando me casé. Antes, si pasabas de los veinte sin casarte te quedabas para vestir santos. Los padres ponían la fecha y daban el visto bueno al novio, algunos hasta te lo elegían ellos.
No había ningún restaurante en el pueblo, tan solo una tasca donde servían cerveza, coñac y anís en vasos sucios, además, las mujeres teníamos casi prohibida la entrada, no prohibida legalmente, pero si por casualidad entrábamos el pueblo empezaría a hablar lo que no debe hablar la gente y para no cultivar a las malas lenguas era mejor evitar entrar, además, era una especie de refugio que tenían los hombres para emborracharse, fumar, jugar a las cartas y librarse de sus mujeres.
Me casé enamorada, los dos estábamos, eos creo. Nos queríamos con locura, pero trás los primeros meses de matrimonio todo cambió. Los hombres en cuanto se casan pierden todo tipo de interés, es como si firmaran un contrato de compraventa, en cuanto te han comprado pasas a formar parte de su propiedad, eres un bien y pueden hacer contigo lo que quieran. No tienen miedo a perderte y dejan de cuidarte, así de simple.
En los pueblos casi todos son así hoy en día, no evolucionan, salvo el peluquero que dicen que no es ni una cosa ni otra, no se escapa casi ninguno. La culpa es de la educación, te enseñan a ser buena esposa y es lo único que sabes hacer, coser, limpiar, abrirte de piernas cuando tu marido lo requiera y parir sus hijos, pero mi marido no fue así desde un principio, fue algo progresivo. Una es demasiado inocente y va cediendo y cediendo terreno, hasta que te encierras en tu propia cocina. No te das cuenta de nada ni sabes por que ha sido, simplemente te abandonas a ti misma. Se podría decir que fui como un mueble que fue pudriéndose poco a poco por la humedad. Lentamente, la humedad lo pudre todo, hasta las cosas más valiosas como el amor. El mueble en el que me convertí terminó destrozado por completo. En cuanto empieza la primera grieta no hay vuelta atrás. No recuerdo si fue culpa mía, el caso es que en principio lo pensé. El amor no te deja ver las cosas más evidentes y con el paso del tiempo los pequeños defectos terminan aborreciéndote hasta hartarte. Mi madre siempre me ha dicho que hay que tener a los hombres contentos para que no desaparezcan de tu lado, lo malo es que no basta con que les quieras más que a ti misma y vuelques por completo toda tu vida en hacerles felices, parece que nada es bastante, creo que quieren una esclava a su lado. Abandonas tu amor propio y tu personalidad, todo por amor, pero no basta.

Recuerdo los primeros meses de matrimonio, era encantador, venía a casa con un regalo o un detalle, cosas sin importancia, baratijas, pequeñas tonterías, flores arrancadas del camino o del tiesto de la entrada. Era realmente tierno y encantador. Esos detalles hacían que todo fuera un sueño. Intentaba que aguantaran vivas en agua durante el mayor tiempo posible, terminaban secándose, como Pedro que terminó secándose.
Estuvimos viviendo en el pueblo, era una aldea que no llega a ser pueblo, recuerdo que caminando se podía cruzar en un abrir y cerrar de ojos.

Recuerdo nuestra boda como si fuera ayer, todas las lágrimas han nublado los recuerdos. No se borran nunca, se quedan como manchas sucias que empañan la mente en los días de lluvia, crees que desaparecerán algún día, pero ahí permanecen.
Aunque se empañen y emborronen con frecuencia creo que no desaparecerán del todo. Era una mañana preciosa de primavera. El Sol brillaba feliz y radiante como nunca había brillado. Toda mi familia estaba allí y la de Pedro, en realidad vino todo el pueblo. Estaba tan nerviosa que cuando el cura me preguntó “...tomas por esposo...” No supe que decir, y eso que lo había estado ensayando durante meses, no recuerdo si dije “Si quiero” o “Amen”, supongo que lo haría bien por que el cura nos casó y nadie dijo nada. Las piernas me temblaban como si fueran ramas a punto de quebrarse. Iba preciosa con el vestido blanco. Era el mismo con el que se había casado mi madre, me hacía ilusión llevar aquel vestido, desde niña había soñado con ponérmelo, recuerdo que lo guardaba con cuidado, con bolas de naftalina en el fondo del armario. Jugaba a ponérmelo cuando era pequeña. Y por fin llegó el día. Fue el día más corto e intenso de toda mi vida y a la vez interminablemente largo. Creo que nunca he estado sonriendo durante más tiempo, me dolía la boca de tanto reír pero no podía dejar de hacerlo. Una vez casados y Pedro me dio el primer beso en público, desperté del trance y viví un sueño, un sueño que se convirtió en otro sueño diferente al que me habían prometido y terminé despertando en pesadilla a los pocos años, pero aquel día fue el más maravilloso de mi vida. Todo el mundo sonreía, no podían dejar de sonreír. Yo lloraba emocionaba con tan solo mirar a mis padres hermanos vestidos todos con traje y corbata. Mi madre se compró un vestido especial para la boda, incluso mi hermana iba guapísima a pesar de negarse a ponerse falda. Fue realmente maravilloso. Me di cuenta que algunas de las chicas del pueblo me miraban con cierto aire de envidia,
Pedro era un joven muy guapo y había alguna que otra loquita por él, pero yo me adelanté, maldita la hora en que lo hice. Todo el mundo habló en el pueblo de María de la Encarnación “la hija de la pescatera”(así la llamábamos todos ya que su padre vendía pescado cuando era joven)estaba liada con él, que se veían a escondidas. Nunca supe la verdad. Yo era tan inocente que le comenté lo que había escuchado, pero no me hizo mucho caso, cambió de tema, se le daba muy bien hacer eso. Se marchó enfadado y volvió tarde a casa oliendo a whisky, nunca le volví a preguntar, con Pedro si un asunto quedaba zanjado era mejor no removerlo para evitar enfados.
Tenía un carácter muy fuerte, pero casi nunca se enfadaba, la mayor parte del tiempo era bueno conmigo, sobre todo al principio, era un cielo, realmente bueno, el marido perfecto. Cállate y baja la cabeza, no hagas que se enfade. “Que no se enfade por favor, que no se enfade.”
Me quería con locura y yo a él más aún, pero la locura se le fue pasando poco a poco, bueno, la locura no, el amor fue el que se desvaneció. No entiendo que pudo pasar, algo le cambió. Mi primera vez fue con él, fue especial. Aún recuerdo el miedo y las manos temblorosas ¡Que digo las manos! ¡Me temblaba todo el cuerpo! No me explico como las jovencitas de ahora hacen el amor en serie, se meten en la cama con el primero que pasa, no sé, será que la forma de pensar ha cambiado. Esa primera vez es algo especial. Antes con diecisiete años eras una mujer, ahora con esa edad son niñas alocadas. Todo el mundo, hasta mi madre me había advertido que iba a ser algo doloroso y que sangraría, la verdad, no sé como será para otras mujeres pero a mí apenas me dolió, si sentí dolor, pero era un dolor placentero, lo más parecido a un dolor bonito, ni la mitad de lo que me lo imaginaba. Pedro fue delicado y no tuvo ninguna prisa. Para mí fue una sensación de plenitud interior que se desbordaba por el exterior. Había tanto calor en mi interior que parecía que iba a arder como un trozo de carbón en mitad de las ascuas de una hoguera enorme. Recuerdo perfectamente cuando Pedro terminó y se tumbó a mi lado rodeándome con sus brazos. Comencé a llorar. Pedro pensó que me había hecho daño y se volcó a consolarme, incluso me pidió perdón por haberme causado dolor. Le explique que llorar era una reacción normal de las mujeres después de haber sentido un intenso placer. Se quedó pensando unos segundos, secó mis lágrimas con la yema de sus dedos y me apartó el pelo de la cara estrechándome fuertemente contra su pecho, me susurró al oído que me haría llorar todos los días de mi vida. Se lo olvidó cumplir su promesa, pero no del todo, por diversos motivos pero lloré muchas veces.
La felicidad se colmó cuando nació Antonio, pero el amor de Pedro fue disminuyendo, no por mi parte, le seguía amando locamente, pero creo que dejé de resultarle atractiva. Fue en esta época, dos años después de casarnos, cuando empezó a llegar tarde a casa sin dar explicaciones y muchas veces sin avisar. La gente del pueblo hablaba pero yo tenía que creer y confiar en mi marido. Cada vez fue llegaba más tarde, incluso en ocasiones no llegaba hasta el día siguiente.
Yo sabía que pasaba horas en la tasca o en el casino jugando a las cartas. Empezó a venir bebido casi todas las noches, pero me bastaba que llegara a casa de una sola pieza. En ocasiones me respondía que no me metiera en sus asuntos, yo, por supuesto, no lo hacía para que no se enfadase.
Con esto empezó todo. Creo que fue culpa del alcohol, aunque eso es echarle la culpa a otro, el culpable era él. Tenía un carácter muy fuerte y la verdad es que siempre me ha dado un poco de miedo sus cabreos. A las mujeres de mi generación nos enseñaban a ser, desde muy pequeñas, obedientes a nuestro marido. Obedientes, serviciales, sumisas y ciegas; coser, planchar, cocinar, limpiar, en definitiva nacíamos para eso. La verdad es que estaba acostumbrada y había visto lo mismo en casa, si nuestro padre chillaba nuestra madre esta tenía que callarse y aguantar sin decir ni una sola palabra. Todo fue empeorando, sabía que si no le tenía a Pedro limpia la camisa que quería ponerse ese día o el pantalón con la raya bien planchada, podía encontrarme como una bofetada. Era mi obligación y, como él decía, no tenía otra cosa que hacer, y era cierto.
Unos meses antes de nacer mi hijo, durante el embarazo. Dejó de estar interesado por mí. En un principio me sentí culpable, estaba gorda como una vaca, además, de vez en cuando me acariciaba la espalda, pero tenía miedo por dañar al niño y le rechacé las veces que se acercó buscándome. “No sirves para nada, ni siquiera para eso”
Cuando se enfadaba decía cosas terribles. Intenté explicarle, pero fue inútil. “Eso son cosas de mujeres, pregúntale a tu madre y de paso le preguntas si puede parir por ti”. Cuando dijo eso repetí sus palabras en mi cabeza como el que reza el rosario. Me llegaron al alma, no solamente llegaron, la destrozaron por completo. Yo pasé la noche llorando y él a mi lado roncando como un cerdo.
Al principio dormíamos abrazados. Me sentía amada. Casi todas las noches me acariciaba el pelo hasta que me quedaba dormida, pero dejó de hacerlo. Empezó por caer en la cama pesado como una piedra y a quedarse dormido en un extremo de la cama como otra piedra mucho mayor y pesada, lejos de mí. Empezó a olvidar que en al otro lado del colchón dormía yo, salvo cuando venía borracho a casa.. Me tocaba aguantar su peso, terminaba, desconectaba su cerebro y conectaba sus ronquidos.
Lloré mucho y demasiadas veces, tal como me prometió. Siempre a solas y cuando nadie me veía, nunca me ha gustado que la gente me vea llorar, no quiero que nadie sienta compasión por mi. Pensé en dejarlo, pero no fui capaz. El muy cerdo me preguntaba que me pasaba al verme los ojos enrojecidos de haber llorado durante horas. Siempre le respondía que nada o con alguna excusa. Callar, tragar y abrirnos de piernas cuando lo solicitara. Dejé de hablarme y empezó a llamarme loca. Empezó a llamarme loca. Y tenía razón.
Pensé en irme de casa, escapar de mi prisión. Hubiera salido volando pero tenía las alas cortadas y solo alcanzaba a pegar aletazos dentro de mi estanque, como los pobres patos
Mi hijo se hizo mayor, se casó y fue padre. Ahora es diferente Julián, los hombres crían a sus hijos. Antes solamente lo presentaban nada más nacer para que todo el mundo le felicitase, orgullo si era varón y resignación si era hembra. Nada más ser presentado en sociedad desaparecía entre las mujeres y los hombres no se daban cuenta que existían hasta que eran mayores para poder trabajar, antes solo eran algo que se movía por casa y hacía mucho ruido, molestaban principalmente.
Tenía la esperanza que con la edad Pedro cambiase. Cambió. Nunca estaba en casa. Me pegó en más de una ocasión, pero no me dolía el cuerpo, me dolía en el alma, en lo más hondo de mi ser sentía sus golpes como flechas atravesando mi corazón. El cuerpo también me dolía, pero muy poco comparado con el dolor que quedaba dentro.
Apenas salía de casa. Mis escapadas consistían en ir a hacer la compra y de vez en cuando llevar al electricista algún pequeño electrodoméstico para que lo reparara. Estos años fueron solitarios. Creo incluso se me secaron las lágrimas de tanto llorar. Me reñía si le contaba alguien que me había visto en alguna parte que no fuera la tienda. No me dejaba salir de casa sola, “No hagas que hablar a la gente del pueblo” por lo que me quedaba esperando como una tonta a que llegara por la noche, tarde, siempre tarde y casi siempre borracho. Los retrasos nocturnos y las borracheras se volvieron rutinarias, al principio ponía excusas, pero poco a poco se acabaron las excusas y cuando preguntaba respondía que no me metiera en sus asuntos.
Apenas dormía. Sus ronquidos rebotaban en las paredes de la habitación hasta que se hacía de día. En algunas ocasiones no hacía de comer pensando que no vendría, pero si se presentaba con hambre me gritaba y de vez en cuando soltaba una bofetada por estar la comida sin hacer. “¿Qué coño haces en todo el día”
Un día me arme de valor decidí dejarlo, el error fue decirle que quería separarme. Todo fue muy rápido, décimas de segundo. Sus ojos se le salían de la cara. Me agarró del pelo y me arrastró por toda la casa. Me lanzó contra la pared como un pelele. Si cierro los ojos aún escucho ese sonido hueco tras mi cabeza. Un chasquido. Estuve un minuto apoyada contra la pared recuperando mis fuerzas. Intenté levantarme, pero me resbalé en mi propia sangre y el aprovechó para propinarme una patada en el estómago y dejarme sin aliento. Perdí la cuenta de los golpes. Creí que iba a morir.
Cuando me llevó al hospital dije que me había caído por las escaleras ¿Cómo iba a delatar a mi marido y arriesgarme a otra paliza? Lloró para que le perdonase y por supuesto le perdoné, le quería, ese fue otro gran error, le perdoné la primera vez que lo hizo, la segunda, de la misma forma que le tuve que perdonar la tercera y la cuarta, como todas las veces que volvía a hacerlo. Lloraba, llorando me suplicaba que le perdonara, que jamás lo volvería a hacer y aunque siempre volvía a hacerlo le creí todas las veces. Pensaba que él no era así, que me quería, que era culpa mía por ponerle de los nervios, por no hacerle la comida, por no hacer las cosas bien.
Lo peor fue cuando le dio por violarme. Su amante le dejó, con seguridad la pobre infeliz no soportó el primer bofetón, en mi interior encontré una oportunidad para recuperarle, pero su carácter empeoró, las palizas fueron cada vez más frecuentes y más violentas. Me encerraba en casa bajo llave para evitar que le abandonase cuando él no estaba, y amenazó con matarme si abría la boca. Se convirtió en un monstruo. Por las noches me forzaba cuando llegaba borracho, hasta que me di cuenta que resistirme era una tontería y terminé por limitarme a soportar su peso y esperar que terminara.
En esa época fue cuando el miedo que guardaba en mi corazón se convirtió en terror, el cariño que creí que le tenía en odio y el sexo en asco.
Una mañana desperté y me sentí liberada al descubrir que Pedro no había pasado la noche en casa. Su lado de la cama estaba liso, como recién hecha. Si hubiera sucedido hace diez años me habría puesto nerviosa y llamado a todo el mundo, incluso a la policía o a los hospitales, pero no fue así. “Como si no quiere volver nunca” Pensé de corazón.
Alguien estrelló el coche de Pedro, con el borracho dentro, contra un árbol. Era un roble de tronco robusto que no vibró apenas con el golpe, al igual que yo. Ni una lágrima. Sentí pena, había estado enamorada durante mucho tiempo, pero me sentí liberada. Me volvieron a crecer las puntas de las alas y por primera vez tuvo valor para salir a la calle pensando que si no le daba tiempo de tener la comida preparada para las dos y media o si no planchaba todas las camisas no pasaría nada. Di su ropa a unas monjas que vinieron un día pidiendo una ayuda para los ancianos del asilo, también su reloj y los anillos de boda de regalo. El gobierno ingresaba todos los meses en mi cuenta una pequeña pensión de viudedad que me permitía comer y comprar algún capricho barato. Cobré algo del seguro que me vino muy bien.
Por primera vez en mi vida, al día siguiente del entierro, me compré un vestido nuevo y unos bonitos unos zapatos.

Se levantó del viejo banco, dando pasos lentos pero firmes y seguros. Desapareció tras el sonido de sus pies en la gravilla a lo largo del sendero, rodeada de árboles y flores. Cuando llegó al final del camino giró sobre sí, me miró y sonrió con candidez Permanecí sentado durante al menos media hora, quieto, pensativo y mirando a los pobres y presos patos de forma diferente.

miércoles, 21 de febrero de 2007


Hugo entró en sus vidas el veintiséis de enero, un día cualquiera de un mes cualquiera. Llegó por pura casualidad, como el amor que entra en tu vida cuando menos lo esperas, cuando menos crees que lo necesitas, y casualmente, de la mano de alguien que nunca te habías dado cuenta que era especial(o que llegaría a serlo) en ese preciso momento, es cuando más falta hace que te amen y dar amor, solo que no lo sabes. Tenía tres meses de vida, el pelo blanco, daba el aspecto de ser de juguete o de algodón de azúcar, ya que por algún motivo, tenía todo el pelo rosa, como su espíritu juguetón. Alguien aparece en tu vida un día cualquiera, sin que estés preparado, sin avisar y sin pedir permiso, así entro Hugo en aquella casa, asustado como un ratoncito indefenso y confuso, pero no tardó en relajarse, algo instintivo se activó en aquel diminuto cerebro canino, algo le dijo(por supuesto en idioma perruno) que ese era su hogar. Lo reconoció al instante, tanto su nueva casa como a cada uno de los miembros de su nueva familia. Empezó a correr por todas partes como un loco, dando vueltas y vueltas, para cualquiera hubiera sido un simple perro haciendo cosas de perro, pero en su cerebro canino algo le decía que se habían acabado los días de estar encerrado en aquella jaula, que era el momento de poner a cero su contador perruno y empezar una nueva vida, pudo sentir algo que flotaba en el aire y que aseguraba que había llegado el momento, que a partir de ahora sería feliz. Hugo se metió de cabeza, patas, hocico y rabo en aquellas vidas y de alguna forma llevó consigo un puntito de alegría que ya venía haciendo falta desde hacía demasiado tiempo. Solo una humilde y pequeña gota en el mar, un pequeño grano de arena de un gran desierto, pero el mar no sería mar sin esa gota y el desierto menos desierto.