El calor de la hoguera había sido la única compañía durante todo el invierno, su mecedora siempre en el mismo lugar, y Goliat, un mastín español de esplendorosa talla que con el paso de los años había ido menguando a medida que su carácter se volvía más tranquilo y sosegado. Habían pasado muchos años y el perro, casi tan viejo como él, esperaban pacientes que les llegara su momento. Se preguntaban si sería tal vez este el preciso instante o si la muerte con su manto oscuro respetaría la primavera y sus largos paseos juntos en verano, o tal vez aguantaran hasta el otoño, llamaría a la puerta, con la caída de la primera hoja.
Libros que se situaban a su albedrío apilados por toda la casa sin orden alguno. Había montones de cuadros sin marco colgados de las paredes, algunos retratos de caras que en un pasado fueron rostros amigos, paisajes o cosas que en alguna ocasión se cruzaron por delante de sus retinas. Las pinturas descansaban unas sobre otras amontonadas contra la pared, lienzos, acuarelas y dibujos a carboncillo, del mismo modo que los libros que poco a poco pasaron a acumularse sobre sillas, mesas y debajo de portarretratos hasta ser parte de la decoración de la casa como la vieja mecedora donde estaba sentado. Un crujido repetitivo acompañaba su vaivén desde hacía años.
Goliat bufó, reposó su enorme cabeza sobre la alfombra emitió un leve gruñido lastimero de cansancio mezclado con el aburrimiento. El anciano dejó caer su mano sobre el lomo de su viejo amigo y acariciándole con un par de suaves palmadas que el perro agradecía golpeando con su rabo el suelo en un sonido hueco.
– Viejo amigo, creo que estamos demasiado cansados, deberíamos echarnos a un lado para dejar sitio a los que vienen con más energía y ganas de ver mundo. Nosotros ya tenemos el mundo demasiado visto y nos quedan pocas fuerzas para poder ver nada que merezca la pena ver...
El perro suspiró profundo con una especie de resoplido y se relamió. El viejo levantó la vista del libro que ojeaba y su mirada se perdió en el fuego que ardía alegre en la chimenea intentando releer entre las llamas los recuerdos de un pasado perdido.
La mecedora crujía a cada vaivén como un reloj de pared afinado y preciso. El olor a madera quemada cargaba el ambiente sacando los pesados recuerdos al exterior, a aquel lugar dónde el dolor no dejaba de existir. Dos lágrimas brotaron de sus ojos inesperadas como agua de torrente surcando las arrugas de su cara como cauce de un minúsculo río.
Sacó de bolsillo un pañuelo blanco con letras bordadas que protegía una vieja fotografía desgastada, la desenvolvió con lentitud. Sintió un punzante dolor en el pecho, una vieja herida se había vuelto a abrir y brotaba de nuevo sangre roja y espesa. Un crujido de la mecedora acompañó al dolor que fue perdiendo intensidad a medida que las lágrimas llegaron a la altura de la barbilla.
– ¿Goliat la recuerdas? – El perro levantó con pereza su cabeza huesuda y olfateó la fotografía que el anciano le mostraba. – No, claro que no, cómo vas a acordarte si solo eres un perro, eras un cachorro cuando ella nos dejó.
El perro emitió un gemido aburrido y volvió a recostarse mientras movía sus orejas para captar la voz de su amo. El anciano acarició la fotografía con la yema de sus dedos como si pretendiera que la imagen le devolviese de alguna forma la caricia, la besó, con pulso tembloroso la guardó envolviéndola de nuevo en el pañuelo.
– Echo de menos a Matilde, Goliat... echo de menos su presencia todos los días, a todas las horas. Aún me parece oír su voz llamando por la ventana para que corriera a matar a algún insecto que se había colado en casa... el pañuelo por raro que parezca aún conserva su aroma, es como si nunca se hubiera ido del todo, en ocasiones creo que aparecerá por esa puerta para reñirme por tener toda la sala llena de libros viejos y cuadros tirados por todas partes. Todo este desorden ¿Sabes un cosa Goliat? Hablo con ella todos los días, creo que me está observando desde alguna parte de la casa... desde ese rincón tal vez, o sentada en aquella silla. Olvido que hace años que murió y me levanto de la siesta con la esperanza de ver su rostro, pero al abrir los ojos la realidad vuelve a mi con toda su crudeza, es entonces cuando el dolor vuelve, una astilla clavada en mi corazón arde dentro, desgarrando piel, músculos y huesos como esos troncos humeantes de la chimenea, se quemarán hasta consumirse y convertirse en grises cenizas, no serán ni tan siquiera un recuerdo de aquél árbol al que pertenecieron un día, no quiero olvidarla y mi cabeza ya no es como era antes, de vez en cuando tengo que mirar su fotografía para acordarme de los detalles de su cara y antes era capaz de ver cada peca, cada rasgo de su piel con tan solo cerrar los ojos. Hoy debe ser un día de esos que mi cabeza está despejada, recuerdo el brillo de sus ojos, centelleantes y verdes como estrellas en la noche, el olor de su pelo. Aún me parece oír llamándome desde el alféizar de la ventana ¿Oyes Goliat? ¿Es ella que ha vuelto? ¿Estoy soñando? ¿Acaso no es su voz?... Su cara se desvanece en mi memoria como si el tiempo destiñese su color. – Goliat miró a su amo intentando descifrar alguna palabra sin conseguirlo. – He sentido algo extraño, como una brisa soplando las brasas para reavivar el fuego. Amigo mío, pronto veré otra vez su rostro, podré mirar sus ojos, estrecharé mi cuerpo con el suyo en un largo abrazo, volveré a besar sus labios... viejo amigo noto como se agota el tiempo, ya ha empezado. Puedo sentir algo detrás del pecho como si quisiera salir y decirlo con palabras. Presiento el fin amigo mío, no me queda mucho tiempo, solo siento dejarte solo.
Julián se meció un par de veces ante la pasividad de Goliat quien daba la impresión de estar quedándose dormido lo mismo que el anciano. Un crujido de la leña y una chispa salto por los aires apagándose a medida que descendía, dejando tras de si una estela de humo fina y diminuta. Cerró los ojos y un recuerdo dulce se asomó a la comisura de sus labios embadurnando su entendimiento de sensaciones, imágenes perdidas... recuerdos del pasado.