jueves, 25 de enero de 2007

Un día nos veremos en el borde del precipicio, en el declive de nuestra vida, ese día aceptaremos el mundo


Empecemos a meter cosas en esta caja, por el momento meteré algunos de los retales de mi vida, esto es de hace poco.

"Desde pequeños nos esforzamos por superar la sutil barrera que separa al bebé del niño, el primer obstáculo es dejar a un lado los pañales, pero vamos creciendo y nos dicen que tenemos que dejar de llorar, que llorar es cosa de niños, que las lágrimas son un signo de debilidad, cuando en realidad lo es de fuerza. Una vez superamos la fase que separa el niño del adolescente, aprendemos a controlar nuestros sentimientos y emociones, oprimen nuestro pecho y nuestras entrañas al no tener por donde salir, desbordándose por dentro y estallando en la rebeldía de los primeros errores, algunos nefastos que nos marcan para siempre.
A fuerza de sufrir terminamos por esconder lo que sentimos, por miedo a que nos hieran, y poco a poco vamos creciendo, aprendiendo de nuestros errores hasta que un día nos miramos en el espejo y vemos a un adulto desconocido para todo el mundo, en ocasiones incluso para nosotros mismos. Durante toda nuestra vida nos rodeamos de cosas que nunca hemos necesitado, sustitutos de una felicidad que nunca apareció en nuestras vidas, y si lo hizo, fue tan fugaz por que solo nos queda un recuerdo borroso.
Cansados, nos miramos las arrugas que el paso de los años han marcado en nuestro rostro, rostros viejos que quieren ser jóvenes y jóvenes que se sienten viejos, otras arrugas las produjeron heridas que han marcado nuestro corazón, como si cada una escondiera una pena. Incapaces de mostrar sentimientos deambulan por insulsas vidas sin saber dar amor o expresarlo, con miedo a sentir el tacto sincero de otro ser humano que descubra los vulnerables que son. Tememos amar, cuando lo que tendríamos que temer es no hacerlo.
Con el paso de los años vamos creciendo, nos damos cuenta de cosas importantes, empezamos a crecer por dentro a medida que nuestro cuerpo va envejeciendo, vemos a nuestros hijos cometiendo sus primeros errores, los mismos que cometimos nosotros o tal vez otros nuevos que no entendemos, un día se marchan de nuestro lado y la soledad llamará a la puerta, la dejaremos entrar, por que es ley de vida, nos acostumbraremos a ella.
Un día nos veremos en el borde del precipicio, en el declive de nuestra vida, ese día aceptaremos el mundo y agradeceremos lo que hemos vivido, cada minuto será un bien preciado, cogeremos nuestra alma y mente dispuestos a entregar el mundo a las personas que amamos, sabemos que el tiempo se nos termina, intentamos estar con ellos, notas como ellos te visitan con la misma sensación, con la extraña sensación que se están despidiendo.
Rechazas la vida insulsa y sin sentido que siempre has llevado, rechazas lo superfluo, lo banal, lo material, pero en ese momento la vida nos juega una mala pasada, ya ancianos, el destino se ríe de nosotros nos coloca de nuevo los pañales o de un plumazo manda quien sabe donde nuestra cordura al principio de todo y nos vuelve de nuevo dependientes, como enormes y ancianos niños.

Para algunos es peor.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, sino por la forma en que se digan.

Anónimo dijo...

Carpe Diem amigo mio, carpe diem.