

Me mandaron con una tía mía después del fatal accidente de mi padre. Mi tía era una viuda de esas que es viuda de toda la vida, era una de esas mujeres estiradas que parecían intentar aparentar que estaban afligidas, siempre de negro. Mi padre dijo cuando aún vivía mamá y discutían que “Era un bicho, un bicho malo que nació viuda y seguiría viuda por siempre jamás”. A decir verdad no recuerdo a mi tío, pero viendo a mi tía me di cuenta de lo que quería decir mi padre con eso de ”bicho malo” y “viuda de toda la vida.” Supongo que se tiraría del puente más alto para no escuchar esa voz de pito. Me mudé con mi tía a la otra punta del pueblo. Era una de las hermanas de mi madre que no había visto desde el último entierro. Era la única familia que me quedaba, se supone que ni ella ni yo teníamos nada más en el mundo que esos restos rotos de una familia, pero yo siempre la he visto igual que la veía mi padre, viuda y mala, ella en cambio me veía como un parásito que se había instalado en su casa, como una araña en lo alto de un rincón que podía librarse de ella con un escobazo, una simple mosca cojonera. No tengo un recuerdo exacto de su cara, solo instantáneas sueltas de una nariz parecida a la de una urraca y un pelo recogido siempre en un moño. Tampoco recuerdo a cara de papá ni de mamá, para recordarles tengo que mirar viejas fotos y me parecen dos extraños que hace siglos que se fueron, siglos que empezaron ayer mismo.
Mi tía la urraca pertenecía al tipo de familia que tan solo ves una vez al año por Navidad, era costumbre algún horroroso regalo que andaba dando vueltas por la casa hasta que mamá decidía que ya era hora de tirar trastos y al fin lograba librarme de él hasta que nuevamente llegaba la Navidad y aparecía con otro horroroso objeto. Pensaba en aquel entonces que había tiendas en las que vendían regalos de Navidad para las personas normales y regalos para los “bichos malos”
No logro recordar las caras de mi niñez, se pierden en la memoria, recuerdo las facciones pronunciadas, los tonos de voz, incluso los olores, pero no las caras. Mi tía era una mujer estirada que llevaba siempre en la punta de su puntiaguda nariz unas enormes gafas de pasta negra que amenazaban con precipitarse al suelo al no poder sostenerse en su pico de urraca. Era como si alguien hubiera colocado esas espantosas gafas justo en la punta para entretener a la gente mirando como se las subía y se le volvían a bajar una y otra vez, pero lo que menos soportaba era su voz. Un timbre agudo que se introducía en mi cabeza como si fuera el aguijón de una avispa que pica directamente en el mismísimo centro del cerebro, una y otra vez. El sonido estridente se repetía durante todo el día y todos los días, evidentemente, ella tampoco manifestaba un cariño especial hacia mi, una de sus frases favoritas consistía en decir gritando desde la cocina lo desgraciada que era por tener que cargar con un niño como este, incluso en algún que otro enfado suyo, o travesura mía, rogó a Dios que enfermase de algo y le dejase tranquila de una vez. Era una bruja despreciable, pero como yo estaba más sano que una manzana, no tenía más remedio que cargar conmigo “legalmente” puesto que era mi madrina, a pesar de odiarme con toda su alma, tenía que mantenerme hasta los dieciocho.
La urraca, cuyo verdadero nombre era María Trinidad, o “Trini la viuda” como la llamaban en el pueblo, casi nunca me dirigía la palabra a no ser que fuese para ordenarme algo o recriminarme cualquier otra. Hasta que yo llegué a su casa y me metí en su vida estaba sola. “Ese bicho malo está solo desde siempre” hubiera dicho mi padre, claro que no estaba completamente sola, como todas las brujas de los cuentos, esta también tenía su gato malvado, además de un periquito al que llamaba Paco como su difunto marido, puede que las brujas de los cuentos no tengan periquitos, pero las urracas a lo mejor sí, el caso es que tenia un horrible y escandaloso periquito se pasaba el día dando gritos, era como si intentara imitar el tono de voz de mi tía. Más de una vez pensé cerrarles el pico a ese par de pajarracos de un manotazo, y al gato, también al gato, se llamaba Sultán, un siempre malhumorado siamés al que le encantaba arañarme para hacerme saber quien mandaba en aquella casa, quien por supuesto era él.
Yo no era del todo malo ni estaba loco en aquel entonces, al menos no demasiado, es más, ella siempre me había odiado por alguna razón, mi padre decía que tenía el vientre seco como un pozo viejo y que sentía envidia de mamá por que no podía tener hijos, por eso me odiaba, incluso mucho antes de vivir con ella o que mamá muriese, seguro que por eso escogía esos horribles regalos.
Para ser sincero fui un niño travieso como todos los niños, pero no me portaba excesivamente mal. Con mi tía la urraca apenas había comunicación, un par de graznidos que soltaba de vez en cuando y poco más. Apenas hablábamos ni graznábamos, un “buenos días”, “buenas tardes” e incluso “buenas noches”, hasta le pedía las cosas por favor cuando tenía que pedir algo, me lavaba las manos antes de comer y me encargaba de bendecir la mesa, pero siempre sucedía algo que le hacía enojarse, pequeñas tonterías que no me daba cuenta a veces siquiera que las había hecho, haber entrado en casa con los zapatos sucios, haber dejado encendida la luz del aseo, el tubo de pasta de dientes abierto, una mala posición en una silla, poner los codos sobre la mesa, la camisa por fuera de los pantalones, olvidar dar la comida del insoportable gato o cambiarle el agua al escandaloso canario. Nada en realidad importante, pero no dudaba en regalarme un graznido a modo de grito y dos azotes con el cinturón que perteneció a su difunto marido, me pregunto por que diablos lo guardaba si no era para azotarme, luego un castigo que cumplía siempre con la misma raja tabla que se cumplen ordenes en un campo de concentración nazi. Todo era por ese orden. Grito, azote y castigo. El castigo consistía en una especie de tortura sacada con seguridad de algún libro macabro y retorcido de Stephen King. Me encerraba en un viejo armario ropero que debió pertenecer a su esposo, como si nada, echaba la llave y desaparecía durante horas.
– Te vas a quedar allí encerrado hasta que pienses lo que ha sucedido y pidas disculpas.
Olía a naftalina algunas veces pero casi siempre a polvo y me producía tos nerviosa, pero no le importaba, hasta temí asfixiarme allí dentro en mas de una ocasión. Desde el interior del armario esforzaba por mirar a través de la cerradura en busca de algo de luz, pero solía cerrar puertas y ventanas, corría cortinas, incluso en ocasiones tapaba la cerradura con alguna prenda de vestir para producirme más sufrimiento y que mi castigo fuera completo y ni tan siquiera la luz pudiera gratificarme. Y allí me quedaba yo horas, noches o días enteros, pensando en lo que había hecho y luchando por respirar y no caer en uno de mis ataques de pánico. A veces era como si durante esas horas no formara parte del mundo, como si no existiera, como si estuviera muerto, otras sentía miedo, de las voces que vivían en el armario. Odiaba esas voces, pero sobre todo las temía, susurraban entre ellas o de repente gritaban, aparecían y desaparecían cuando les venía en gana, sin previo aviso, sin importar si era de día o de noche. No debí haberlas escuchado nunca. Es peligroso escuchar lo que dicen las voces que viven en el armario. No debí nunca hablar con aquellas voces.