lunes, 18 de mayo de 2009

Cuidar de las estrellas puede que sea un buen castigo...

Querida flor ¿Cómo va todo? Sé que estarás bien, esperando como cada noche que vuelva con mis palabras a revivir tus oídos, tus pensamientos, tu imaginario mundo que es mi mundo real. Ya sabes de sobra lo que voy a contarte, vives desde hace tanto plantada en mi pecho, ya no recuerdo como fue, pero necesito buscarte en otros brazos que borren mi vaga esperanza, pero sigo aquí.
Sé que he olvidado algunos de tus consejos, no me riñas demasiado, he escuchado muchos otros, eso ya lo sabes, no me culpes por el olvido, a veces las cosas suceden sin más y tan solo me dejo llevar por el viento, por las olas, por el mar, por lo que sea que empuje mi barca más cerca del mundo de los cuerdos. Para que negarlo, algunas veces parece que sopla a mi favor, pero la mayor parte del tiempo es en contra.
Querida flor, sigo sintiéndome naufrago, cansado de vivir entre la arena blanca y brillante, reducto de la soledad adquirida, deseada tal vez en demasiadas ocasiones, pero he decidido abandonar mi isla, mi ansiada calma, y lanzarme al inmenso mar de la soledad cansada, sin brújula alguna, sin rumbo si quiera, ni esperanza, pero si deseo, de encontrar ese barco que me rescate y devuelva una sonrisa a mi corazón marchito, oxidado, cansado de tanto no sentir más que el rumor de las olas rompiendo con vehemencia contra las rocas de la desdicha, demasiados golpes, demasiado ruido, demasiada sal.
Me siento cansado querida flor, la travesía parece no tener fin, llevo meses a la deriva, zozobrando, sin timón, al pairo, días son difíciles de navegar pero remo con la fuerza que de la flaqueza, hasta derrumbarme cansado, y tan solo espero esta noche dormir sin sobresaltos por puro agotamiento.
Esta noche, como casi todas las noches, es noche cerrada, solitaria y fría, la soledad oscura embarga mis emociones, preguntándome una y mil veces si alguien recibirá alguna vez alguno de estos mensajes sin sentido que he metido dentro de una botella.
El mar me contempla una vez más con indiferencia, la brisa, si el tiempo acompaña, alivia el calor sofocante y las olas rompen contra mi bote, pero no duelen, tan solo logran relajarme, en ocasiones es suficiente para despertar mi ilusión dormida.
Esa brisa me dio ayer espejismos de locura, pero son solo eso, fantasías, ver algo donde no hay nada, barcos en el horizonte que me miran, me preguntan donde está el puerto, barcos que noto distintos a otros barcos que ya conozco, que distingo entre las olas con facilidad, pero no logro alcanzarlos, demasiado lejos como para que puedan verme, navegan distantes, aunque presentes, acompañando desde la distancia en un viaje sin retorno, tal vez, si las corrientes marinas convergen en mitad del océano logre que me rescaten, no me queda mucho tiempo, se acaban las provisiones, apenas tengo agua potable para uno o dos días más, tal vez tres o cuatro si logro administrarme, siento que sucumbo cada vez más en el trance del sin sentido.
Cada vez es más frecuente querida flor, buscarte, hablar conmigo mismo, así me hago compañía, casi todo el tiempo solo somos tu y yo, ese debe ser el primer síntoma de locura, aunque no me preocupa, la locura estaba allí mucho antes de abandonar esa isla desierta donde naufragué un día.
¿Sabes querida flor? A veces siento que soy afortunado por tenerte, por mi locura, y que es un regalo que mi cabeza imagine esos barcos falsos, son los que me devuelven por instantes la esperanza, les veo aproximándose en ocasiones y alejándose en otras, dándome ese toque de alegría que necesito para seguir a flote, lo malo es, querida flor, que cuando se alejan el dolor es letal, proviene de alguna parte para agujerear mi bote y hundirme más si cabe en el abismo de mi existencia.
Por las noches, si logro dormir, tengo la desgracia o la maldita suerte que me acompañan las estrellas, quizás cuidar de ellas sea un buen castigo.